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lunes

Cobarde

Cuando era niño hubo un suceso que me marcó para toda la vida. Desde ese momento, he sido un cobarde. 

Es de las pocas cosas que recuerdo de mi infancia. Tristemente, es un recuerdo malo, lleno de lágrimas, furia y angustia. 

Estaba con mi madre, yo tenía 5 años. Caminábamos rumbo a un mercado que quedaba cerca a mi casa. Siempre me gustaba acompañar a mi madre a comprar, porque aprovechaba para pedirle dulces o algún juguete que terminaría perdiendo. 

Íbamos de la mano. Recuerdo que faltaba poco para llegar al mercado, solo debíamos cruzar una avenida y ya. El semáforo da verde para los autos y tenemos que esperar. Recuerdo que estaba mirando el estante de una tienda, cuando de pronto veo que un hombre que no conocía se dirige a mi madre. Se acerca cada vez más. Ya estaba a un paso de mi y, sin ningún aviso, la jala del cabello a mi madre y le da un empujón.

Mi madre agarra aún más fuerte mi mano, y escucho que el tipo le dice algo. Por la forma en cómo mi madre se aferraba a mi, podía sentir miedo, pero también cólera. Con la mano que tengo libre, cojo una piedra, pero algo me impedía tirarla con fuerza a ese sujeto que intimidaba lo más preciado que tengo. 

Me pongo a llorar, la piedra sigue en mi mano. Un instante después, el hombre se va corriendo, con la cartera de mi madre. Y yo me quedé ahí, pasmado, con los mocos que se me salían. Mi madre se agacha y me abraza. Desde ese momento, soy un cobarde. 




Madurar


Me extraña verte así. Me sorprende, e incluso me parece bueno. Te conocí de otra manera, eras tan tonta entonces, pero ahora dices que haz cambiado. Bueno, no lo sé. Ya hace mucho que te fuiste, y prometiste volver, pero creo que es mejor que te quedaras allá.

Ahora me hablas de madurar, de cambiar. Parece que haz llegado muy tarde a esa etapa. Yo hace tiempo que ya pasé por eso. Y no, no tomes esto como un ataque, porque no lo es. Creo que mejor sería llamarlo, una pataleta del niño que ya fui. Es inevitable hablar del pasado, porque, de alguna manera, nuestra historia siempre nos perseguirá, y lo sabes.

Dices que el amor verdadero es el que viene con el tiempo, en eso tienes razón. Yo ya lo encontré, y espero, de verdad espero, que tú lo hayas encontrado, en dónde sea que estés. Madurar es fácil, solo pon de tu parte y verás que podrás. Y sí, el amor es hermoso cuando lo encuentras.

viernes

Agallas


Me faltan muchas agallas para enfrentar a un delincuente. Defender a mi chica de esa porquería que quiere robar.
Me faltan agallas para decirle de verdad lo mucho que la amo, para decirle que sin ella mi vida quizá sería muy rutinaria.
Me faltan agallas para enfrentarme a ese huevas tristes que fue mi amigo. Y que ahora se ufana de seguir siéndolo.
Me faltan agallas para salir a explorar el mundo, para poder coger mis maletas y no estar sentado aquí escribiendo.
Me faltan agallas para poder enfrentar el futuro, porque yo quiero un hijo pero los demás dicen que no debo, que aún no maduro, ellos no entienden que quizá mi mayor sueño sea tener un hijo.
Me faltan agallas para embarcarme en una aventura sin retorno, para abandonar a mis padres y vivir a mi manera.

Me faltan agallas para poder enfrentar mis miedos. Miedos que con el tiempo van cambiando, y que al final solo se convierten en temores.
Me faltan agallas para estudiar. Ya lo hice por un buen tiempo, y ahora solo me da flojera.
Me faltan agallas para terminar de escribir una novela. Siempre las comienzo, me entusiasmo y termino tirando las libretas por cualquier lugar.
Me faltan agallas para decirles sus verdades a esas personas que me caen mal. Porque me gusta más odiarlas en secreto, maldecir sus miserables vidas y que se pudran en ellas.

Me faltan agallas para dejar de escribir. De alguna manera esto me mantiene vivo, me desfoga de todos mis problemas.
Me faltan agallas para terminar trepando un cerro y gritar lo más fuerte posible. Para poder soltar todo lo que siento dentro.
Las agallas son algo difícil de obtener, pero al final sé que las tendré. Sé que podré derrotar a todos. Porque cobarde no soy.